Home / ACTUALIDAD / “SOLDADOS” – Jose Alejandro Arce

“SOLDADOS” – Jose Alejandro Arce

Transcurría el año 1.962 y un joven con temple de hombre llamado Eugenio estaba graduándose como subteniente en el Colegio Militar de la Nación. Desde pequeño soñaba con ser soldado. Sus años de estudiante los pasó entre instrucción y añoranzas causadas por Aldana, con la cual estaba de novio hacía uno par de años.

Un día como cualquiera, Aldana comenzó con unos repentinos y no habituales mareos y náuseas que se convirtieron en vómitos, prestando atención, se percató que hacía casi dos meses que su manifestación femenina no se hacía presente, por lo que sospechó que estaba embarazada; sospecha que se hizo realidad al conocer los resultados de los análisis requeridos por el médico. Aldana estaba feliz con la noticia de que llevaba un ser en sus entrañas, fruto del amor inmenso que la unía a Eugenio, a la vez sentía algo de curiosidad y ansiedad por saber como reaccionaria éste al saber la noticia. Fue casi corriendo por las calles a darle la buena nueva a Eugenio que se hallaba en su casa disfrutando de un merecido fin de semana de descanso; la recibió con un beso en los labios y la abrazó muy fuerte, se sentaron en el sofá del living y allí recibió la noticia de que estaba pronto a echar raíces; sorprendido, con la razón algo turbada y abofeteada por la noticia, en ese momento no supo cómo reaccionar, pensó en su carrera y tuvo una mezcla de sensaciones que lo llevaban como en un carrousell, de la duda a la sospecha de ser preso de un engaño para lograr casarlo, sintió algo de rencor hacia Aldana por creer que ésta lo único que quería era atraparlo para siempre; luego reaccionó instintivamente como los hombres ante tal situación cuando todavía no están casados, manifestó su duda y entre los dos se produjo una fuerte y acalorada discusión que provocó que Aldana, inmersa en un mar de lágrimas, salga corriendo de la casa de Eugenio; pero no todo terminó ahí, en los encuentros siguientes continuaron las discusiones, recriminaciones, dudas, llantos y gritos, todo terminó por desmoronarse, un mundo de sueños y el proyecto de una vida juntos se derrumbó en poco tiempo.

Eugenio se graduó con honores; Aldana por su lado, seguía sobrellevando su embarazo -alejada de Eugenio y de todo el entorno de éste-  con la ayuda de sus padres y hermanos que en todo momento la asistían y la acompañaban.

 

El momento llegó, fue el 7 de Junio a las 8:40, pesó 3,600 kg., lo llamó Oscar. Aldana supuso que a Eugenio se le ablandaría el corazón al ver y tener en brazos a su pequeño hijo, lo llevó envuelto en pañales y batitas, llamó a la puerta y fue recibida por los padres de Eugenio -quienes tomaron al bebé, y como lo es un juguete nuevo para un niño- se disputaban por ver quien lo alzaba más tiempo, la madre de Eugenio se emocionó tanto que dejó escapar un par de lágrimas y agradeció al cielo. Eugenio estaba en su dormitorio escuchando música –era fanático de unos chicos de Liverpool que hacían buena música- de fondo escucha entre tema y tema un murmullo de voces que provenía desde abajo, del living; su madre subió la escalera que conducía a los dormitorios y lo llamó desde afuera de la habitación al mismo tiempo que golpeaba a su puerta para que bajara. Eugenio comenzó a bajar la escalera y por la mitad de su recorrido vio la escena, sin estar seguro de querer continuar y titubeando bajó un par de escalones más, se detuvo e intentó regresar, pero su padre desde abajo y con su nieto en brazos le increpó a que se llegase donde estaba él; una vez en frente, le situó a su hijo en sus brazos, éste lo miró y el pequeño con sus ojos celestes observó por primera vez a su padre, Eugenio lo miraba atónito; antes de lloriquear, el bebé movió la cabeza a ambos lados y dejó ver un lunar que recubría el lóbulo de su oreja derecha, simulando un aro de piel; Eugenio lo siguió mirando y dejo escapar una disimulada y escondida sonrisa de ternura, sintió en ese momento flaquear su orgullo de hombre y militar, su orgullo pudo más que su hijo y entregó nuevamente el bebé a su padre; dio media vuelta como en cuartel, y subió arrogante por la escalera hasta su cuarto en el cual se encerró con llave y subió el volumen.

Aldana ante la reacción de Eugenio rompió en llanto y juró a los padres de éste que jamás volverían a ver a su nieto, éstos –con sus voces quebradas- trataron de hacerla reflexionar sobre la decisión tomada, pero Aldana estaba firme en su posición.

Oscar fue anotado con el apellido de su madre, Pando. Su crecimiento fue como el de la mayoría de los niños, nada más que sin su padre, pero con todo el amor de sus abuelos, tíos maternos y obviamente de su madre. Cierto día el abuelo de Oscar fue trasladado a la provincia de Corrientes, por razones de trabajo. Allá fue toda la familia, por lo cual el pequeño transcurrió toda su vida estudiantil en dicha provincia, donde cosechó amistades, su primera novia; llegó a amar tanto al suelo taragüi, que más de una vez deseó haber nacido en ese lugar y no en la gran capital.

Al momento de terminar su colegio secundario llegó también el esperado sorteo del cual ningún hombre escapaba, el del servicio militar obligatorio, su número fue el 350, estaba destinado cerca de casa, en el Regimiento de Infantería Nº 12 de la ciudad de Mercedes, en la provincia de Corrientes.

 

En Abril de 1.982, junto a miles de niños-hombres con escasa instrucción, recalaba en un pequeño archipiélago de la patria olvidado por la memoria colectiva, arrebatado cobardemente hacía ya muchos años atrás. El clima de las islas no era como el de Corrientes, Oscar sentía mucho frío y hasta le parecía que se le congelaba el aliento, pasaba por momentos de angustia, miedo e incertidumbre, sus enormes ojos celestes estaban más grandes y alertas que de costumbre. Junto a dos compañeros más, fue ordenado a cavar un pozo o trinchera que se convirtió en el nuevo hogar de los tres, allí pasaban las horas con charlas y anécdotas de cuando eran niños –cada uno en su pueblo- y escribiendo y leyendo misivas de familiares, amigos y alguna que otra amiga con derecho a roce o novia; el adversario se hacía esperar, pero se sabía que venía.

Estaban a cargo del sargento primero Díaz, que respondía a las órdenes de un áspero teniente primero de apellido Almada, de nombre Eugenio. En lo que duró la espera no la pasaban tan mal, el alimento si bien no era el mejor ni tan abundante tampoco escatimaba; el clima cada vez era más hostil, convirtiéndose en un enemigo más y haciendo notar la falta de buenas indumentarias acordes a la situación y el lugar.

Las incursiones de los aviones enemigos en vuelo rasante y escupiendo bombas en medio de una lluvia de metralla, eran más frecuentes, lo que hacía sentir la cercanía del invasor. Hasta que la espera terminó, habían llegado, la batalla comenzó. Los primeros avances eran controlados y repelidos, comenzaron con ellos también las escenas de miedo, desesperación, sufrimiento y horror, de parte de niños-hombres enfrentándose a hombres ya formados y profesionales. El asedio era cada vez más constante y de a poco se iba perdiendo terreno, la lucha se tornaba más encarnizada hasta llegar a ser en algunos casos cuerpo a cuerpo, todo en medio de la oscuridad, incertidumbre, miedo, llantos y gritos de dolor y desesperación; cuando despuntaba la mañana afloraban las imágenes del horror. Soportaban como podían, las fuerzas decaían día a día y la moral era más débil que al principio, era muy baja. Puerto Argentino estaba cerca, pero a pesar de ello la comunicación y el aprovisionamiento de comida y municiones era escaso; surgía otro enemigo, el hambre. Los jefes y oficiales tenían café caliente, comida y todo lo necesario.

 

Ya cerca del mediodía del 6 de Junio, después de soportar el asedio enemigo durante toda la noche, Oscar despertó; como era de esperar, sintió hambre y busco algo de pan en la penumbra de la trinchera, pero no halló nada; sus dos compañeros se encontraban dormidos y exhaustos. Con mucha cautela salió de su improvisado hogar, sigilosamente se arrastró hasta el lugar donde servían la comida, pero el sitio estaba desierto; como su estómago hablaba por si solo, decidió continuar reptando hasta el puesto donde seguro encontraría algo de comer, la casilla de oficiales, se asomó por la ventana y vio a tres de éstos en una placida sobremesa, espero agazapado entre trastos viejos y resguardado contra el machimbre que recubría la parte exterior de la casilla; por fin los oficiales con la panza llena, decidieron ir a dormir una breve siesta, era el momento; caminó en cuclillas hasta la puerta, la abrió lentamente y fue directo a la gran bolsa de papel que contenía el pan, tomó seis galletas pensando que ellos eran tres en el pozo, salió y cerró la puerta con mucho cuidado, y cuando debía arrastrarse nuevamente, cometió el error de largarse a correr con el tesoro en los brazos -al cual llevaba como a un bebe- a los pocos metros de iniciada la carrera fue descubierto por el cabo Silvero, que a punta de FAL y como si fuese un enemigo, lo condujo a la casilla donde dormían los oficiales, golpeó fuerte la puerta, el único que despertó fue el sargento primero Díaz, el cual recibió el parte de lo acontecido. El castigo era ser estaqueado por tres días a la intemperie en el árido suelo malvinense, sufriendo el clima hostil y propio de la temporada. Allí estaba Oscar, cumpliendo con su injusto castigo, llegó la noche en la cual por suerte no neviscó, pero el frío era insoportable. Amaneció; el nuevo día presentaba esporádicas lloviznas durante las primeras horas de la mañana.

 

En Corrientes el clima era bastante frío, pero soleado. En un hogar en especial llovían lágrimas de toda una familia y en especial de una mujer llamada Aldana, que como tantos otros años, esta vez no podía despertar a su hijo con un beso y abrazarlo fuerte por su cumpleaños. No dejaba de llorar y pensar en él.

En el sur, cumpliendo su condena, Oscar supo que día era y comenzó a llorar, sus lágrimas se mezclaban con la humedad de sus mejillas producto de las lloviznas; recordaba las fiestitas de cumpleaños que con mucho esfuerzo le organizaba su madre ayudada por toda la familia en el patio de su casa si estaba lindo el día o en el galponcito del fondo, junto a algunos amiguitos y compañeros de escuela, con los cuales disfrutaba del chocolate caliente y las facturas y galletitas. Su llanto era inconsolable y disimulado.

 

Aproximadamente a las 9:00 de la mañana llegó en su habitual recorrida el teniente primero Almada para interiorizarse de lo acontecido a través del parte diario, de las bajas, heridos, cantidad de municiones restantes y castigados, crease o no, castigados. El encargado de dar el parte fue el sargento primero Díaz, que lo hizo al pie de la letra sobre todo lo acontecido hasta ese momento, las bajas por suerte eran menos que las de la jornada anterior, los heridos aumentaron en numero y las municiones cada vez escaseaban más, entre los castigas solo uno, el motivo, el robo; al escuchar el nombre y el apellido del…ladrón?, al teniente primero Almada le resulto familiar, pero pensó que tal vez se trataría de una simple coincidencia, dio media vuelta como hacía tantos años, y se dirigió a la casilla a resguardarse de la llovizna que una vez más comenzaba a caer; siguió pensando en el conscripto castigado, recordó fechas, momentos, pero no quería convencerse de la realidad; cuando no aguantó más algo lo impulso a salir, se encaminó al lugar donde se encontraba estaqueado aquel conscripto cumpliendo su condena por tener hambre; allí estaba el niño-hombre, con sus enormes ojos celestes de los cuales brotaban lágrimas cristalinas salidas del alma misma, emitía pequeños sollozos que trató de disimular al acercarse el oficial, éste lo miró con ternura y sintió un gran tirón de su sangre –la cual hervía- su corazón parecía salírsele en cada latido, examinó la oreja derecha y vio el lunar que recubría el lóbulo por completo, se sintió derrumbar, se sentó en el barro al lado del muchacho con sus ojos también húmedos, entendió que esa mirada era la misma que lo enterneció hacía 19 años. En un intento por recuperar lo irrecuperable se puso de pie y una vez más dio media vuelta frente a su hijo, corrió en dirección de la casilla en la cual entró y tomó un cuchillo con buen filo, y con la misma premura regresó al lugar donde se encontraba Oscar, cortó las sogas que lo ataban al sufrimiento, lo condujo a la casilla y lo alimentó con leche bien caliente y bastante pan con algo de manteca. Oscar pensó que Dios al fin se había acordado de él y decidió festejarle su cumpleaños.

El capitán López tomó conocimiento de lo sucedido con el teniente primero Almada y el soldado Pando, y siendo una de las escasas veces –en lo que duró la contienda- hizo uso del dicho “ley pareja para todos”,  determinó castigar a Almada y que el conscripto cumpla con los días de castigo que le quedaban por cumplir.

 

Desde ese momento fueron dos los estaqueados, uno sin imaginar el porqué de la acción del otro; y el otro, tratando de redimir su proceder, reconciliarse con la vida y soportar el sufrimiento al cual consideraba merecido. Los demás no entendían nada y hacían diversas conjeturas, pero ante los ojos del más Grande y ante la Ley Divina, se encuentran juntos como debían estar.

 

Jose Alejandro Arce

Compartir

Puedes leer tambien

Multitudinario homenaje bellavistense al General Manuel Belgrano

La ciudad de Bella Vista conmemoró el 199 aniversario del fallecimiento del creador de la …