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Esteros del Iberá, el flamante parque nacional

Vamos a desmenuzar en tres etapas -de este a oeste- los confines de Iberá, el segundo reservorio de agua dulce más grande de Sudamérica.

El avistaje de fauna comienza poniendo el primer pie en los dominios de The Conservation Land Trust -CLT, dirán los baqueanos-, el imperio natural recuperado por el filántropo ecologista estadounidense Douglas Tompkins, un “Santo Patrono” de estas tierras y padrino indiscutido de su desarrollo turístico.

Dentro de las fronteras de CLT, la primera luz que vemos encenderse son los ojos amarillos de un zorro gris. Frenamos para que una familia de carpinchos cruce la ruta. Luego otra. Después un ñandú. Lo primero que entendemos es que los dueños de casa son ellos.

LAGUNA IBERÁ

“El tapir cambió la agenda” anuncia Mingo Gonzalez, guía de sitio, durante nuestra primera mañana en Rincón del Socorro. No fue por la llovizna o el día plomizo: postergamos la excursión a la laguna porque uno de los siete tapires estuvo recorriendo las galerías a las que dan las habitaciones y se fue a pastar a los jardines de la casa de Kristine Tompkins.

Nos calzamos las botas de goma y salimos a su encuentro. Ahí está, desayunando, sin indicios de prisa o de incomodidad ante los voyeurs, bajo el enorme timbó y los aromos que, esperan, florecerán de amarillo. Muy cerca, los zorros y los carpinchos se desplazan como si fuesen perros o gatos sobre los extensos y brillantes tapizados de grama brasileña. Estamos en el Portal Laguna Iberá y así comenzamos el check-in por esta antigua estancia ganadera, ubicada a 30 km de Colonia Carlos Pellegrini y a 90 km de Mercedes.

Rincón del Socorro desembarcó en esta zona a fines de los 90, con la compra de tierras para el proyecto de restauración. Hoy es una propiedad integrada por la casa principal -un casco de estancia de 1896 que desde el 2005 funciona como hostería-, las casas del personal, la de Kris y una pequeña escuela, todas las construcciones con idéntica estética y buen gusto.

Avanzamos chapoteando en los charcos rojizos en dirección a la huerta agroecológica y los frutales, cuya producción define el menú del almuerzo, los sabores de mermelada casera del desayuno, los postres. Frotamos los dedos en hojas de lemon grass -que aquí se llama cedrón paraguayo-, romero, albahaca. Burrito y poleo, que estaban en el té de yuyos de anoche.

En el monturero nos espera Luis Márquez, preparando el mate con precisión quirúrgica. Luis nos guía en una cabalgata hasta la laguna. Al compás de las patas de los animales contra el barro, atravesamos montes en galería, alfombras de tréboles de cuatro hojas, bosques de ñandubays con sus líquenes y claveles del aire, que los pintan de otros matices, y pastizales infinitos de paja colorada hasta el borde del estero. Ciervos de los pantanos, garzas y cigüeñas americanas escoltan la expedición hasta la costa. Yberá quiere decir “aguas que brillan”, y ahí vemos por primera vez los espejos habitados por camalotes y flores violetas. Los caballos entran al estero y cruzan tajamares metiéndose en el agua hasta la cincha.

Un día después estamos en Carlos Pellegrini para embarcarnos en lancha. El cielo denso apaga el color de Laguna Iberá, pero brilla con más fuerza el amarillo de las flores del duraznillo y las damas de noche. No hubiese estado mal traer unos binoculares, al décimo nombre de ave que intento memorizar, me entero que se pueden avistar más de 350 especies.

Esas islas que marcan el laberinto por el que nos movemos son acumulaciones de materia orgánica flotante y se llaman embalsados. Son, en realidad, colchones suspendidos en el estero -que, claro, quisimos bajar a pisar (sí, y también saltar)- donde descansan los yacarés, estrellas de esta excursión. “No me molestás, no te molesto”, sigue siendo el código tácito inquebrantable entre turista curioso y bicho-amo-y-señor.

CARAMBOLA

Llegamos a Concepción de Yaguareté Cora, la entrada al Portal Carambola de los Esteros. Huele a playa, y se lo debemos a las calles de arena beige de un pueblo gaucho ajeno a cualquier tipo de contaminación.

La Alondra’i es la esquina más linda de todas, una ochava con decoración correntina que remite al viejo almacén de ramos generales y no rompe con lo agreste del entorno. El lobby es una declaración de identidad manifiesta: cartografía, libros de identificación de especies y de historia de las misiones, artesanías que homenajean al yaguareté y al jabirú, una foto de Manuel Belgrano que liga a esta tierra con gestas históricas, un uniforme del regimiento de Patricios. Susi, la ama de llaves, nos recibe con chipá y mate cocido.

La galería de mi habitación da a un patio que tiene una capilla, la primera huella jesuita que encontramos. Resulta que en Concepción muchas casas replicaron los oratorios de las estancias jesuíticas, que van desde un altar en un lugar privilegiado de la casa hasta la construcción de su propia iglesia. La de La Alondra’i venera a la Virgen de Itatí, patrona de Corrientes, pero generalmente el santo tiene que ver con un mandato familiar.

Surge la primera excursión: a recorrer capillas del pueblo. Están las de los santos del calendario católico, como la Virgen de Luján o Santa Lucía; figuras de devoción popular, tal el Gauchito Gil y también las de los paganos: la Santa Demorada o el Gaucho Antonio María, un paisano de la laguna, curandero y amigo de los pobres. Detrás de cada altar, una historia de herencia familiar que se remonta al origen de la estatuilla -casi siempre una miniatura de madera guaraní- y festividades marcadas por alguna aparición o milagro atribuido al santo -a veces de moral cuestionable- en una fecha que los vecinos eligen para hacer una procesión con antorchas y agasajar a sus vecinos con un guiso y pasteles fritos.

Nuestro baqueano en esta parada es Omar Rojas, un gaucho correntino de pies a cabeza, de pañuelo y alpargatas color azul liberal. Mitad Landriscina, mitad Cantinflas, hace gala de sus dotes de comediante con frases ocurrentes y acento cantadito. Salimos del pueblo en su 4×4 rumbo al portal y nos cuenta su historia de ex ganadero y actual guía: “Tompkins me enamoró de este trabajo cuando me hizo entender que tenía en mis manos un tesoro”.

Nos espera Don Severo, un habitante del estero que habla solamente guaraní. Omar, su yerno Pololo y él se dividen las tareas para la excursión: buscan los caballos y quitan el agua de lluvia acumulada en la canoa con una botella de plástico cortada por la mitad. Los chajás empiezan a canturrear sobre los cañaverales avisando que están llegando con los caballos para salir.

Me siento en la canoa que va atada a la cincha del caballo montado por Pololo, y nos metemos entre los juncos y totoras para avistar bichos. Sólo se escuchan la brisa en la flora acuática y a los yacarés pisando el follaje. La actividad no admite polémicas ecologistas: es la forma histórica y cotidiana que tienen los lugareños de trasladarse en el estero a tierra firme. Es el único lugar donde se hace.

SAN NICOLÁS

Estamos en San Miguel, a siete kilómetros de Mboy Cuá, la posada que será nuestro hogar durante el último tramo de este viaje. Nos viene a buscar en 4×4 Juan -el Nene- Dejesus, orgulloso socio gerente del emprendimiento en el Portal San Nicolás.

El paisaje alcanza la máxima expresión del bosque subtropical y se vuelven redundantes las palmeras por la proximidad a la costa del estero. La historia del Paraje Mboy Cuá -en guaraní, “lugar de pocos”- también se remonta a las reducciones jesuíticas y aún conservan la tradición de trasladar a sus santos en procesión tocando el violín.

Mboy Cuá es un refugio acogedor y confortable en el medio del monte natural, y es la única posada del portal con acceso directo desde San Nicolás. Para conectar con el entorno, lo más indicado es recorrer el área boscosa que rodea la casa por los senderos marcados -con las botas de goma bien calzadas, claro-, que van al muelle de la laguna. En ese trayecto se pueden ver desde aves hasta monos karayá.

El atardecer nos encuentra al lado de la salamandra tomando mate con tortas fritas, y armando una lista de platos regionales que no podemos dejar de probar. Solo se escuchan mugidos, grillos y sapos. Infinitas y enormes estrellas plateadas alumbran el rincón escondido del planeta donde estamos.

Por: Cynthia Consoli
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