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Charly García llenó el Gran Rex: “Si Keith Richards no murió, yo tampoco”

Charly García brindó un show breve pero deslumbrante en el Gran Rex

Charly García sigue siendo sinónimo de resistencia. Un show breve pero deslumbrante, con lapso incluido en el que se temió por su salud, volvió a testimoniar anoche en un Gran Rex abarrotado que el genio del rock no deja de encandilar, a pesar de sus flaquezas físicas.

En la primera fecha de este año de su espectáculo La Torre de Tesla, el músico y compositor recorrió con la grandeza interpretativa que lo caracteriza varios de los temas de su último disco, Random, y clásicos de los distintos períodos de su etapa solista.

El ex Sui Generis logró cantar con escasa ayuda la mayor parte del repertorio, articuló los sonidos con claridad y no mutiló los temas. Así ocurrió prácticamente en la totalidad de las quince canciones que interpretó junto a la banda que lo acompaña en los últimos tiempos, formada por Rosario Ortega en coros, Fabián Zorrito Von Quintiero en teclados, Toño Silva en batería, Carlos González en bajo y Kiuge Hayashida en guitarras.

La hora con escasos minutos de duración del show dejó a la audiencia efervescente, con ganas de más, tanto es así que veinte minutos después de finalizado el concierto casi nadie se había movido de sus butacas y la interpretación de legendarios temas de García se prolongó en un coro colectivo que puso en pie al teatro.

García regaló a su público muchos puntos altos desde el comienzo con las interpretaciones de clásicos como “De mi” y “Cerca de la revolución”, y de varias creaciones de su último trabajo, como “La máquina de ser feliz”, “Rivalidad”, “Lluvia” y “Otro”.

Charly sigue siendo esa suerte de ser explosivo siempre a punto de detonar que condensa alternadas dosis de elocuencia, vanidad, ironía y desparpajo sobre un manto bajo el cual preserva su genialidad.

A sus 67 años, la esencia del artista resiste. “Ahora tengo oído obsoleto”, bromeó hacia el final. Aunque si hay algo que parece no fallarle aun es su don en materia de musicalidad. Flanqueado por sus teclados y de sobrio negro (sin los brillos de sus últimas puestas), con saco y gafas oscuras, el ícono del rock se mostró en eje y, como lo ha demostrado en sus últimos shows, con una actitud en apariencia alejada de los imborrables episodios que ha protagonizado en el pasado.

Sin embargo, no es fácil desvincularse de ciertos vicios. Ni un segundo dudó García en revolear el megáfono que utilizó para vociferar consignas durante la interpretación del tema de Kill Gill “No importa” mientras en las visuales rotaban capturas de antiguas placas de Crónica TV reportando momentos como cuando el músico arrojaba mesas o macetas por la ventana. Las pantallas también mostraron al prócer del rock argentino a lo largo de las décadas, así como secuencias de películas en sintonía con las canciones en vivo, tal fue el caso de imágenes de “King Kong” junto al tema del mismo nombre.

Al ingresar al teatro, un folleto advertía, en palabras de García, que La Torre de Tesla debe su título a una idea que cautivó al artista: el sueño de un inventor por crear un sistema mundial inalámbrico de electricidad sin cables, de energía desbordante y libre. “Tesla como una analogía de la utopía”, señala Charly, que comparte escenario con sus músicos y con una gran torre metálica en el centro de la escena de la que se desprenden rayos visuales en concordancia con la potencia sonora del repertorio.

“Rock and roll YO”, en ejercicio de reafirmación, llegó después de que García mirara hacia un vaso que tenía cerca y comentara, en referencia a viejos hábitos: “¿Me pusieron whisky acá? Si Keith Richards no murió, yo tampoco”, dijo, convencido, y bebió.

“¿La están pasando bien?”, preguntó, divertido. Y pasó a provocar: “Bueno, ahora va a venir Luis Miguel, ¿por qué no? Es un chico bueno”, agregó. Tras interpretar “Parte de la religión” y ya deslizándose por el terreno político, volvió a aplicar su humor mordaz: “A los asistentes los trafico de Venezuela”, lanzó, antes de recibir ayuda para sacarse el saco por debajo de su cabeza rodeada con una cinta por encima de los auriculares que llevaba.

A estas alturas, Charly había tocado diez temas y nadie se esperaba que, transcurridos los dos siguientes, un explosivo “No llores por mí, Argentina” y “Cuchillos” (dedicado a Mercedes Sosa), el autor de “Say no More” se levantaría repentinamente, dijera un simple “chau” y se retiraría del escenario del brazo de Rosario Ortega y de otros asistentes.

Habían pasado 45 minutos de concierto y, cerrado el telón, se sumaron otros diez hasta que la banda regresó. Mientras el Gran Rex tomaba ambiente de cancha a ritmo de “Una más…” y “Mamá, yo quiero… que salga Charly”, se especuló respecto a la salud del cantante, que -para la tranquilidad de la sala- volvió para despedirse.

En “El día que apagaron la luz”, la voz de Rosario Ortega cobró más presencia, y también fue la hija de Palito, quien no dudó en frenar a García cuando éste quiso introducir “Asesíname” con un comentario sobre violencia machista. “¿Cómo se llama cuando un hombre mata a una chica? ¿Femicidio?”, dijo él, en un ida y vuelta algo desconcertante que Ortega zanjó con un “no, no, no”.

“Las cosas ya no son como las ves”, fue la frase de “Canción de 2×3” que sonó última en el Rex en la voz de Charly, aunque, tras ello, nadie se movió de sus asientos por casi media hora. Ante las ganas de continuar el show, los presentes siguieron cantando en coro las canciones de su ídolo.

Por: Cecilia Martínez
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